Un ‘tesoro oculto’ de la finca

Recordando el proceso creativo del fresco de la cúpula de ‘Los Lujanes’, obra de Alfredo Ramón, en el centenario de su nacimiento

Hace poco más de un año, dentro de una serie de artículos coordinada por Carabanchel Historia y Patrimonio y dedicada a la Finca de Vista Alegre, se hacía referencia a la iglesia del antiguo Orfanato Nacional del Pardo: “El estado en el que se encuentra [...] es deplorable y requiere una urgente intervención en todos sus elementos. La originalidad de la planta, de la cúpula y la calidad de las pinturas realizadas por Alfredo Ramón (1922-2015), cuyo centenario se conmemora el próximo 2022, muestran un bellísimo conjunto que permanece entre los ocultos tesoros de Vista Alegre”.

Ya estamos en 2022, y pese a la apertura de los jardines de la finca, la iglesia continúa siendo un “tesoro oculto” de Vista Alegre. Con la intención de que deje de serlo y celebrar a la vez el centenario del maestro Ramón, hoy les contaré la historia del proceso creativo de las pinturas de la cúpula. He podido hacerlo gracias a Linda Hament, que fue durante 40 años manager, agente y estrecha colaboradora del artista, hoy en día máxima valedora del legado de Alfredo Ramón y persona de inmensa cultura, conversación apasionante y excelente memoria, que me la relató una agradabilísima tarde-noche en el salón de su casa de Madrid, ciudad de la que esta neoyorquina se enamoró y en la que lleva ya más de la mitad de su vida.

Alfredo Ramón nació el 21 de agosto de 1922 durante un veraneo en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso. Su familia tenía mucha relación con La Granja porque la bisabuela había fundado una fonda allí y luego compró el Hotel Europeo cuando entró en crisis a principios del siglo XX. Ella y sus hermanos lo regentaban, y de joven Alfredo trabajó en él como barman y allí empezó a pintar, haciendo retratos de los veraneantes. La familia vivía en Madrid, y solía pasar el verano en La Granja, donde quedarían durante la Guerra Civil (excepto su padre, que no puede salir de Madrid y es asesinado). Ya en la posguerra, Alfredo sigue su vocación e ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes.

El edificio

Por aquella época, a partir de 1944, es reconstruido el edificio “Los Lujanes”, ubicado al norte de la Finca de Vista Alegre, a objeto de instalar en él la sección masculina del Orfanato Nacional del Pardo. Del proyecto se encargó Manuel Martínez Chumillas, y para que los niños fueran a misa se levantó también una pequeña iglesia. El arquitecto quería que pintasen unos frescos en la cúpula de la misma, y habló con el maestro fresquista, Ramón Stolz, y resulta que tanto Martínez Chumillas como Stolz eran profesores de nuestro protagonista en Bellas Artes. En principio la oferta era para Stolz, pero —me cuenta Linda— éste dijo: “No, quiero que lo haga mi alumno Alfredo Ramón”. Es una oportunidad como hay pocas, y además Alfredo tenía mucho interés en estudiar diferentes materiales y nuevas técnicas, así que dicho y hecho. 

El reto era importante para un joven estudiante en el último año de su formación: una cúpula (pared, superficie curva, a unos tres pisos de altura) de unos diez metros de diámetro y alrededor de 340 m2 de superficie. No puede elegir tema: ha de pintar la escena de los cuatro evangelistas. “Siempre me decía —recuerda Linda— que, a pesar del duro trabajo, tenía muy buenos recuerdos de la experiencia, sobre todo por la gente que trabajaba con él, me refiero a los obreros. Además él, por la forma en la que recibió ese encargo, se sentía bastante arropado por sus profesores. Sabía que era muy joven y le daba cierto respeto, pero tenía que demostrárselo no solo a sí mismo, sino también a Chumillas y a Stolz, que habían confiado en él”. El trabajo no fue nada sencillo: además de su parte tenía que contar con albañiles, escayolistas, etc. “Él siempre, cuando me contaba la experiencia, me decía que esos tipos eran algo rudos, pero muy simpáticos y muy buenos trabajadores, y se reía mucho al recordar como aquellos hombres quedaron muy sorprendidos con que el encargo lo fuera a hacer un hombre tan joven, y siempre le estaban tomando el pelo y haciéndole bromas”, evoca Linda. 

Tuvo que realizar el encargo en cuatro meses, durante un invierno muy crudo. Vivía con su madre en Núñez de Balboa, en un piso de alquiler, y tuvo que convencerla para que le cediese una de las habitaciones para trabajar, porque tenía que ir preparándolo todo: pruebas, bocetos… A pesar de las quejas de la madre, convirtió la habitación en su estudio, e “iba pintando y probando colores hasta en las paredes”. Luego cogía todos los días el tranvía que bajaba Serrano hasta Sol; después andando hasta la Plaza Mayor, donde se encontraba con los dos estuquistas y cogían otro autobús. “Tardaban bastante, ¿eh? Era un viajecito ir a Carabanchel, que quedaba muy lejos. Pero lo gozaba, porque le puso en contacto con los obreros y para él era muy estimulante formar parte de un equipo, todo lo contrario de su trabajo solitario en el estudio. Fue un trabajo físico muy duro, y también peligroso, porque tenía que subir a los andamios sin protección, no era como hoy en día, con arneses y barandillas… No tenía nada de eso, y los andamios estaban muy mal, con las maderas desniveladas y de distintas procedencias. Además no había luz eléctrica, dependía de la que entraba por los ventanales, y en invierno los días eran cortos. Hacía mucho frío, cuando trabajaba se le congelaban las manos, y los obreros hacían fogatas y se calentaban así y bebiendo mucho. Cuando trabajaba arriba, le tenían que subir todos los materiales y cubos de agua con unas cuerdas”.

Alfredo, ya mayor, trabajando fuera de su estudio (abajo). Foto: Linda Hament

 

Trabajo duro y difícil

Alfredo trabajaba mucho y duro en casa preparando los bocetos en papel, y ensayaba pintando sobre las paredes de la vivienda, dibujando las figuras de los evangelistas a gran tamaño, mucho más grandes que el natural. Luego venía a Carabanchel y había que preparar la superficie, pues no se puede pintar directamente sobre la piedra o el ladrillo. Había que cubrirlo con el enfoscado, dejando la superficie lisa y limpia, y luego el enlucido, con un yeso más fino. Si hay dinero, se aplica también un poco de polvo de mármol. Luego, con la ayuda de los obreros, pegaba a la cúpula los bocetos que había hecho en papel, y una vez colocados procedía al estarcido: con un instrumento punzante hacía estampaciones sobre la superficie de la plantilla, dando una especie de efecto de calco. Luego quitaba la plantilla y dibujaba, pintando sobre la pared húmeda. Hay que trabajar rápido, porque a medida que se va secando la pared la pintura va fraguando con ella, y tienes que calcular bien la superficie que vas a poder terminar en una jornada de trabajo. Hay además otra dificultad: los colores cambian según se seca la pared con la pintura, se van aclarando, así que no sabes exactamente cómo va a quedar y necesitas hacer muchas pruebas, porque una vez secado no hay remedio.

Pero, como decíamos, lo terminó en tiempo y estupendamente. El orfanato fue  inaugurado el 18 de julio de 1947, y cientos de niños vivieron y estudiaron en él hasta que la institución cerró oficialmente en 1986, cuando pasó a ser colegio de Primaria. Luego fue cedido a la Fundación de Caja de Madrid, que lo rehabilitó y lo adaptó para enseñanzas musicales. De este modo, se pudo trasladar allí en el verano de 2006 el Conservatorio Profesional de Carabanchel. Actualmente acoge dos centros: el Centro Integrado de Enseñanzas Musicales “Federico Moreno Torroba” y el Conservatorio Superior de Danza “María Ávila”. La iglesia, en cambio, está en un estado de total abandono.

Alfredo Ramón se graduó poco después en la Escuela Superior de Bellas Artes con título de pintor y profesor de arte. Artista prolífico, multitud de obras suyas se encuentran en colecciones permanentes en España y el extranjero. A lo largo de su carrera recibió multitud de premios y honores, realizó una lista larguísima de exposiciones por todo el mundo y compaginó durante toda su vida la pintura con la labor docente. Uno de los temas más destacados en su obra es Madrid, su ciudad, en la que sentía predilección por sus rincones (bastantes de ellos, por cierto, de Carabanchel), sus tipos humanos, los pequeños negocios tradicionales, las actividades profesionales, las costumbres… que plasmaba con su característico realismo poético y onírico, destacando una certera mirada que le hacía descubrir todo un mundo de matices donde el común de los mortales solo veía una mota de polvo o una mancha de humedad.

Ojalá pronto veamos restauradas la iglesia, su cúpula y el fresco de Alfredo, para que así pueda pasar de “tesoro oculto” a “tesoro de Carabanchel”. Brindo por ello.

Fotos: Linda Hament



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