Botellones
Al llegar a mi portal un lunes a la hora de cenar, me encontré con dos botellones bajo mi ventana, cada uno con su propia música emanando a máximo volumen de altavoces portátiles. “Vivo aquí, ¿podéis bajar la música?”, le dije a uno de los grupos. “Y yo vivo aquí al lado”, me contestó uno con la mirada vidriosa. “Ya, pero tú estás aquí con la música fuerte”. Se miró el reloj a cámara lenta y me contestó: “Pero es temprano”. “Para poner música en la calle tienes que pedir permiso”, le expliqué. Chulesco, me respondió: “Pues llama a la Policía”.
Esa misma respuesta nos la han dado a mis vecinas y a mí al recriminar a los que, tambaleantes, orinan sobre cualquier coche, esquina o contenedor (bajar la basura es actividad de riesgo en Carabanchel: puedes volver a casa apestando a eau de pipí). “Llama a la Policía” lo dicen con la impunidad de quienes saben que, aunque venga (cuando aparece), la Policía no hace nada. Ésa es la autoridad que tienen quienes deben velar por el respeto a las normativas para una buena convivencia. Sin embargo, ejercen su papel de forma exacerbada y violenta agrediendo a estudiantes que defienden la educación pública, vecinas que intentan parar los desahucios y quienes hacen barrio desde los centros sociales autogestionados.
Gemma Candela


