Presentó ayer su último y bellísimo poemario, ‘San Bernardino’, que nos acerca al barrio de su infancia
La tarde de ayer, jueves 28 de mayo, el poeta Jesús Arroyo presentó San Bernardino, su nuevo poemario. Si en su anterior obra, Puerta Tejares, se refería al barrio de San Isidro y la oficina de empleo en la que trabaja, ahora le ha tocado protagonizar sus poemas al universo contenido en la calle que da título al recién publicado, junto a la plaza de España, donde el autor nació, estuvo su primera casa y vivió sus primeras experiencias.
En el acto, celebrado en la Biblioteca Ana María Matute, el autor estuvo acompañado por Enrique García Trinidad, prologuista del poemario, y Paco Ibáñez, ilustrador del mismo. García Trinidad hizo una semblanza de Arroyo y de la poesía que encontramos en San Bernardino, que definió como confesional y autobiográfica, lo que describió como algo natural, ya que “detrás de un libro de poesía lo que hay siempre es una vida”. En este sentido, el prologuista alabó en la poesía de Arroyo “esa sencillez que hoy en día es tan difícil y tan de agradecer”, entendiendo asimismo que la pluma del autor cumple “una de las funciones principales de la poesía, que sirve, además de para cantar grandes cosas, para convertir en grandes las cosas que canta”.

A continuación intervino Paco Ibáñez, que considera este poemario como el mejor de Arroyo, agradeciéndole que le haya dejado participar con sus dibujos. En este sentido, Ibáñez confesó que ha sido difícil ilustrarlo porque a su juicio no lo necesitaba, ya que “todos los poemas estaban perfectamente dibujados” en sus versos, y reconoció haber disfrutado mucho con el reto que ello ha supuesto.
Llegamos así al “plato fuerte” de la presentación, cuando Arroyo pasó a leernos alrededor de una docena de los poemas que componen la obra, bellísimos, que encantaron al público asistente (muy nutrido: consiguió llenar prácticamente la sala). Tanto que en el turno de preguntas le pidieron bises. En ellos, el autor se revela como un perfecto representante de su generación, evocando un Madrid y un mundo que ya no existe, en el que muchos de los presentes confesaron reconocerse: “He vivido un Madrid de luto en antebrazo / donde las aceras rompían los tacones / y las paredes se enfermaban de lepra / bajo ejércitos de antenas. // Un Madrid de gatos moribundos / y perros en busca de amos con tinto y mendrugo. / Un Madrid que olía a sebo y gallinejas, / a churros mezclados con Zotal por las esquinas”.

Porque en este poemario Jesús Arroyo demuestra muy a las claras que es un poeta de Madrid, esa ciudad con una personalidad muy marcada construida en colectivo, que acoge a trabajadores venidos de todos los rincones: “Madrid, el barrio nacido de los pueblos, / la ventana abierta a todas horas / donde el pitido de la primera olla exprés / era la mejor melodía para una mañana soleada.”. Y en tan fabuloso escenario el poeta nos muestra sus rincones, sus olores, sus sonidos y los personajes que en él se desenvuelven, en una poesía muy descriptiva con versos cargados de nostalgia por una época que, si bien era gris por los momentos que se vivían, también tenía el colorido del niño que en sus vivencias va descubriendo el mundo y dándose cuenta de lo interesante que éste resulta.
Uno no puede evitar recordar aquella cita que se atribuía a Rainer Maria Rilke, “La verdadera patria del hombre es la infancia”, en el sentido de que nuestros primeros años nos definen y configuran para el resto de nuestras vidas, y cuando pensamos en quiénes somos de verdad todo nos retrotrae a aquella etapa, a aquel niño que fuimos y que en el fondo seguimos siendo, a veces con muchas capas de camuflaje encima. Así, cuando Arroyo describe qué fue para él aquella calle de San Bernardino, lo hace como “Un espacio donde vas de vez en cuando para ser consciente de dónde estás ahora”. O, en sus versos: “Qué me lleva a pensar / en el regreso / si nadie, / ni yo mismo, queda. […] // Ante tanta falta / ni sí / ni no me quejo, / pero lo dejo escrito / a falta de todos / o así, con nadie”.




