OPINION: VOLVER A MADRID CON TAPABOCAS 

Roberto Blanco

Tres meses aquí, en este lugar donde tanto nos buscamos y nunca nos encontramos. En este lugar donde nos presentimos y hasta nos perdonamos y juzgamos, a nosotros mismos y a los demás. Encerrados en nosotros, lejos de casa pero ahí, lejos de todo y de nada. Llegó el primer lunes del desconfinamiento y tuve que volver a Madrid, irremediablemente. Un amigo se había acordado, especialmente de mí, su amigo del alma, dijo, para compartirme un método para hacerme rico sin trabajar. 

Allí, dentro del espejo estoy yo. Afeitado y ojeroso, listo para salir del fondo. La primera curiosidad que quería despejar es cómo es la “Nueva Normalidad”, y eso que nunca me había preguntado en serio qué es la normalidad, a secas, esa que ahora es la vieja normalidad, con minúsculas. En la mayoría de los países, la normalidad está reglada por códigos sociales y penales, por costumbres o tradiciones un tanto cuestionadas, incluso, por la vieja normalidad, y en última instancia por las Constituciones políticas o regímenes absolutistas.

Ser normal, y vivir en una sociedad normal es ser parte del rebaño.  Desde el mismo día del nacimiento, el sistema político predominante libra una lucha sin cuartel por encerrar al nuevo ser en la normalidad. Porque el ser nace libre, anormal, es decir, inocente. La sociedad, el hogar, la religión, la política, el colegio, la universidad, en fin, están para eso, para normalizar a todo el que llega.

En este sistema vivimos, en la normalidad. Entonces, qué sorpresas nos puede deparar la “Nueva Normalidad”?  Sí, hay sorpresas. Muchos árboles, no todos, se han confundido de estación y siguen exhibiendo su desnudez en medio del verde fosforescente. Las flores, impunemente puras, aún maravillan a los viajantes del autobús que ya están en la Nueva Normalidad, menos a los que siguen anclados en el que todo sigue igual. Y ese azul, agresivamente azul,  al fondo del fin del principio del universo con un astro más grande, veloz de quietud en su órbita cuántica.  Y los pájaros atrapados en sus instintos, pero felices. 

Lo que nunca cambia es el asombro porque nadie se asombra. Entrando a Madrid, por la avenida de Portugal, decenas de coches pasan veloces por la ventana del autobús. Yo centro los ojos en  las ruedas. Una de las maravillas más útiles de la humanidad: la redondez y el movimiento al máximo permiten el movimiento a condición de que el centro de la rueda sea un punto fijo. Sí, eso no puede cambiar. Eso no entra en la “Nueva Normalidad”. O sí. Si es la primera vez que te detienes a mirar una rueda en movimiento y cómo te lleva de un lado a otro verás que la rueda es la tijera que corta el tiempo en los pedacitos que tú quieras o el mazo que extiende su existencia, ya sea tiempo real o psicológico. 

Sobre ruedas vamos, mirándonos como los extraños que somos. Semivacío, al interior se respira algo como de estupidez. Llevamos tapabocas, y eso deja todo el juego libre a la mirada. Dicen los que saben que mirar a una persona, en un bus o en un ascensor, más de 15 segundos, es vulnerar la libertad y la intimidad individual. La persona observada se mueve, se come los labios, endurece las mejillas, se come las uñas y te lanza una cuchillada desde los ojos. Ahora, esas posibilidades de detectar el malestar han desaparecido debajo del tapabocas. Los ojos tienen que sustituir todos los gestos de desaprobación frente a una mirada agresora.

Y el ochenta por ciento del mundo, de la existencia exterior entra por los ojos. Así que me dedico a auscultar ojos, de frente y de soslayo, y todo parece indicar que la gente vuelve a Madrid porque alguien los llamó para volver a trabajar, como en la vieja normalidad, las mismas nóminas, el mismo jefe, el mismo horario, las mismas tareas.  Y algo más, y peor, la mirada no me habla de una “Nueva Normalidad”, sino de una vida sin programa, sin futuro. Entonces pienso en que éste es el mejor momento para la humanidad: habrá que empezar a aprenderlo todo, empezar a construirse otra vez uno mismo. Y para esto habríamos que aprender a desaprender muchas cosas, casi todas, porque hemos aprendido todo, menos a vivir. Y la “Nueva Normalidad” debería ocuparse de eso, de enseñarle a la gente a vivir.

Enseñarle que la vida, antes que una transacción, es un juego. Responsable pero un juego. Y es aquí donde empatamos con las dos visiones que dominan el manejo de la pandemia: crear riqueza material o crear una nueva forma de vida. El primer caso lo agitan los negacionistas de las pestes, de la destrucción del planeta. La otra, los enamorados de la vida. Y eso se distingue a leguas. Por fortuna, todos llevan máscara, no se sabe si con gusto o no, pues es obligatorio usarlas en el transporte público.

Sí, es reconocible Madrid, es el mismo, los mismos trenes, los mismos parques, las mismas tardes sentadas en los bancos de la Gran Vía. Sólo que parece una ciudad de zombis. Las risas siguen confinadas, los gestos aprisionados, las palabras filtradas, los besos prohibidos, los abrazos en reposo. Y eso despersonaliza, desequilibra a cualquiera. 

Es como si todos y todas estuviéramos guardando energías para lo que viene, algo que va a pasar, que se percibe en el aire, pero no se sabe qué, y menos cuando la posibilidad de oler ese algo es menos posible detrás de la mascarilla. En todo caso, mi amigo opina que hay que aprovechar estos tiempos para posesionar sus productos en el mercado. “Hay que aprovechar todo”, dijo, y se saltó el protocolo y me abrazó con fuerza. 

Yo me quedé pensando en que sí, deberíamos aprovechar este sentimiento de vacío para redireccionar nuestra energía hacia la creación de otro tipo de vida, no de otra variedad de mercancías.

 


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