Ya está aquí el 2026 y, aunque intenten vendérnosla como el bache típico tras las fiestas, esta vez el disfraz ya no cuela. Lo que antes era un aprieto temporal en el calendario se ha convertido ahora en la cuesta de todo el año. No estamos ante un simple apretón de cinturón; estamos ante un escalón más de una escalera que en Carabanchel llevamos años subiendo sin descanso. Es una pendiente mensual permanente que nos ha dejado con las reservas agotadas.
A estas alturas, en nuestras calles ya no se entienden esos porcentajes con los que nos bombardean a través de los datos oficiales del PIB. De nada sirve que un papel diga que la economía sube cuando el vecino siente que su mundo se estrecha cada día más. Es la impotencia de ver cómo las estadísticas brillan mientras las caras en el barrio se llenan de preocupación.
Hoy, ir al súper ya no es planificar la compra, es un acto de incertidumbre. Cada vez que cruzamos el umbral de la tienda, nos asaltan precios que han subido de un día para otro. Hemos llegado al extremo de que la fruta, la carne o el pescado se miran de lejos, mientras el presupuesto se estira hasta lo imposible para cubrir lo más básico.
Pero el principal agujero negro es la vivienda, que ha llegado a un punto crítico y humillante: hoy, alquilar una simple habitación ya se lleva medio mes de trabajo. Es una realidad matemática que no se puede soportar: entregar 15 días de tu vida cada mes a cambio de apenas unos metros cuadrados. Es la derrota de subir a pie hacia ese tercer piso, con las piernas cansadas y el cuerpo frío porque no se puede encender la calefacción, sabiendo que ni siquiera trabajando la jornada entera se alcanza para cubrir un techo digno.
En este escenario, el ocio es un recuerdo; el mantenimiento diario —los colegios, los libros, los gastos de la casa— devora cualquier respiro. Y ahí acecha el peligro de la banca y esos préstamos a un solo “clic” con intereses abusivos que solo sirven para hundir más a quien busca una salida desesperada.
No nos engañen más: esta situación no es un hecho aislado de principio de año, sino la continuación del sufrimiento acumulado de un barrio obrero como Carabanchel, que lucha con dignidad en una cuesta que ya no termina nunca y donde, sencillamente, las cuentas ya no salen.



