Hoy cerramos no solo una semana de cine: cerramos siete días en los que Carabanchel ha vuelto a convertirse en un espacio de encuentro, diálogo y comunidad. Porque el cine aquí no es solo una proyección: es un puente entre vecinos, un momento para pensar juntos, emocionarnos y compartir historias que nos conectan con nuestro barrio y con nuestra memoria colectiva.
Carabanchel fue un barrio lleno de salas de cine que marcaron la vida de muchas generaciones. Eran lugares donde uno podía encontrarse con amigos, comentar la película, intercambiar opiniones y sentir que formaba parte de algo común. Hoy esas salas ya no existen, y con ellas se ha perdido una manera de vivir la cultura cerca de nuestra vida diaria.
Y por eso, durante más de 40 años, la Semana de Cine de Carabanchel ha demostrado que otra forma de hacer cultura es posible: un cine hecho desde y para el barrio, un cine que no solo se proyecta, sino que se comparte, se debate y se construye junto a quienes participan.
Cada edición ha sido un recordatorio de que la cultura se fortalece cuando se arraiga en lo cercano, en lo colectivo y en lo cotidiano. Nos enseña que un barrio puede hacer de su cine un espacio vivo, lleno de preguntas, emociones y memoria.
Además, esta semana hemos visto cómo cada película y cada cortometraje tiene la capacidad de abrir nuevas miradas. Nos recuerda que el cine no es solo entretenimiento, sino un espejo que refleja problemas, alegrías y desafíos de nuestra sociedad. Nos invita a conocer otras vidas, a sentir empatía y a construir puentes entre historias que de otro modo permanecerían invisibles.
En un mundo donde la información circula rápidamente, el cine nos da tiempo para detenernos, observar y dialogar sobre lo que nos toca y lo que nos importa. Nos enseña a mirar más allá de nuestras propias experiencias y a valorar otras perspectivas, a escuchar y comprender, y a formar parte de una comunidad más consciente y más participativa
Y si bien desde el movimiento asociativo vemos con esperanza este modelo de cultura, también vemos con preocupación algo que cada vez afecta más a los vecinos y vecinas de Carabanchel. Porque cuando la cultura se organiza sin escuchar a quienes viven y trabajan en el barrio, se corre el riesgo de que se convierta en algo lejano. Tan lejano que en lugar de reforzar y apoyar, puede, paradójicamente, convertirse en lo contrario: en una cultura que puede llegar a expulsar a la gente de su propio barrio, de su propio hogar, de su propia vida, y transformar la cultura en un espectáculo que no refleja en absoluto la realidad social.
Es por eso que iniciativas como esta semana de cine son tan importantes. Nos recuerdan que la cultura no debe ser un lujo, ni un espectáculo vacío, ni un instrumento para mostrar resultados a otros. La cultura debe nacer del propio barrio, debe ser un espacio donde todos puedan sentirse parte, donde las diferencias se encuentren y donde cada vecino pueda reconocerse en las historias que se cuentan en la pantalla.
Y para finalizar, desde el movimiento asociativo queremos recordar que cada proyección, cada debate y cada encuentro vividos esta semana no solo hablan de cine, sino de la necesidad de una cultura accesible, viva y duradera, que siga creciendo en nuestro barrio, en nuestras calles y en nuestras vidas.
Que siga siendo un lugar donde cada vecino pueda reconocerse, participar y sentir que su voz importa. Porque, como dijo una vez el director de cine Víctor Erice: “El cine no es solo entretenimiento: es un acto de resistencia y memoria.”



