Carabanchel vuelve a salir en la tele y, como suele ocurrir, sale mejor parado que en la realidad. España de barrio (RTVE) nos ofrece un distrito orgulloso, popular, reconocible; un Carabanchel contado desde la memoria reciente, desde la vida cotidiana y desde una identidad amable, perfectamente homologable al prime time cultural. Todo fluye: testimonios sinceros, nostalgia bien encuadrada y una épica vecinal que funciona. Demasiado bien, quizá.
Porque mientras el documental construye un relato cercano y emocional, bajo ese mismo barrio permanece enterrada una parte esencial de su historia, literalmente tapada y narrativamente inexistente. No hablamos de un detalle menor: hablamos de uno de los yacimientos arqueológicos más extensos de Madrid, ausente no solo de la pantalla, sino del propio imaginario colectivo que el programa dice querer reforzar.
Aquí es donde conviene recordar lo señala Antonio J. Antequera: el patrimonio no es lo que existe, sino lo que se decide contar y proteger. Y en Carabanchel, lo identitario y lo incómodo suele quedarse fuera: primero de los catálogos oficiales y luego, por lógica consecuencia, de los relatos divulgativos.
El documental confirma la tesis sin citarla: el patrimonio visible es el que no genera conflicto. España de barrio acierta al dar voz a los vecinos, pero evita cuidadosamente preguntarse por qué ciertas capas del pasado no han llegado vivas al presente. La arqueología no aparece porque introduce preguntas molestas. ¿Por qué no se protege? ¿Por qué no se excava? La cámara prefiere el bar centenario al subsuelo milenario. Es comprensible desde el formato, pero significativo desde el discurso.
El resultado es una memoria cómoda, sin contradicciones, que empieza cuando empieza a ser grabable. Antequera lo llama patrimonio invisible; el documental lo traduce, sin querer, en patrimonio prescindible.
Así, el barrio queda bien, pero incompleto. Se reivindica la identidad sin profundizar en sus cimientos. Se celebra la memoria sin asumir que también hay memoria que molesta. Y se construye una imagen sólida sobre un suelo que sigue siendo tratado como si no existiera.
Quizá el problema no sea lo que España de barrio cuenta, sino lo que confirma: que incluso cuando se pretende hablar de periferia, seguimos contando la ciudad desde arriba, con buena voluntad, sí, pero sin levantar realmente el pavimento.
Porque una identidad urbana que ignora su propio sustrato no es ingenua. Es selectiva. Y, sobre todo, es perfectamente funcional.
Al final, lo que queda no es una crítica al documental, sino una constatación incómoda: que la divulgación patrimonial más bienintencionada puede convertirse, sin quererlo, en una herramienta de ocultación selectiva.
Carabanchel se cuenta, sí, pero se cuenta hasta donde conviene; se muestra, pero no se excava; se reivindica, pero sin alterar el orden de capas que la ciudad ha decidido respetar y cuáles no.
Frente a la lectura del barrio como un palimpsesto de memorias superpuestas —incluidas las que molestan—, el documental opta por una versión plana, eficaz y perfectamente administrable.
Y quizá ahí esté el verdadero mensaje: que no hay nada más urbano que hablar mucho de un lugar sin tener que tocar realmente el suelo sobre el que se levanta.
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