Rafa y el lado positivo de la pandemia

Conversando con uno de los tantos miles de contagiados de COVID–19 en Madrid

El desarrollo de la vida en el mundo no era fácil. Teníamos la competencia como destino, el consumismo como regla y la inseguridad como ideología. Con la llegada de Donald Trump al poder en EE UU se empezó a desmontar la globalización y se volvió al proteccionismo, pero esta nueva regla se quedó en los que podían protegerse. Y en estas condiciones llegó la peste, el coronavirus.

En España, las condiciones de vida de los trabajadores no eran las mejores. La crisis económica desatada en 2007 puso a los asalariados y a los autónomos a salvar a los bancos que el Gobierno de Mariano Rajoy rescató con 60.000 millones de euros. El desempleo rozaba el 18%, y en la juventud subía al 40%. Y entonces nos llegó la peste, que, por la fuerza de su impacto, sembró más inseguridad en la población en general. El primer confinamiento dejó a decenas de miles de trabajadores por cuenta ajena y autónomos en la calle, y las empresas se apresuraron a despedir a sus empleados o a solicitar los ERTE, una ayuda para pagar el salario a los trabajadores que no alcanzó para tal fin y que algunos aún están esperando.

Pues bien, a la incertidumbre sobre el trabajo, la precariedad laboral, los desahucios y la falta de medios para vivir dignamente, se agregó el miedo a contraer la COVID–19 y la dificultad para adaptarse a otras formas de relaciones humanas.

Con los 40.000 muertos y más de un millón de contagiados, la vida pendía de una sola falla en la convivencia diaria. Aquellas personas que se contagiaron sufrieron sus confinamientos con gran tristeza y dolor. Ángel López, un evangélico confesional, no dudó en decirme que eso se parecía mucho al infierno: “Es lo más grave que me ha sucedido en la vida”, dijo. “No hay certidumbre de nada, de trabajo, de salud, de familia”.

Es la forma como la mayoría ha enfrentado la pandemia. Sin quitarle el dramatismo de esta realidad cruda y dura, hay personas que afrontan la realidad con optimismo aunque vean nubarrones en el aire.

Uno de los tantos miles de contagiados de COVID–19 en Madrid es Rafa, un vecino de Carabanchel. Hace diez días empezó a sentirse mal, y lo primero que dio por hecho es que se había contagiado. Así que cuando le confirmaron la noticia todo el terreno psicológico ya estaba preparado. Había que poner las cosas en orden. En primer lugar llamar a todas las personas que habían estado con él en los últimos días y ponerlas sobre aviso, utilizando todos los medios posibles de localización. Al mismo tiempo, iniciar los trámites con la empresa donde trabaja y alertar a las directivas para que tomen medidas con los compañeros de trabajo.

Así, con la tranquilidad que da el saberse libre de presiones de todo tipo y asumiendo de antemano que ésta es una posibilidad más que segura cuando se convive en una sociedad donde el número de contagios se acerca a los 600 por cada 100.000 habitantes. He conversado con Rafa y le he preguntado qué sensación tuvo cuando le confirmaron el positivo, y la respuesta ha sido muy diferente a lo que había escuchado hasta ahora de otros contagiados: “Cuando empecé a sentir fiebre y cansancio, ganas de no hacer nada y falta de olfato, lo primero que pensé es hacerme la prueba. Fui desde Carabanchel a Villaverde, y sí, di positivo. Pero no me asustó. Es una posibilidad alta de contagiarse, y yo lo asumí de esa manera”.

••• Es un optimismo muy grande. La mayoría de la gente lo toma muy mal. ¿Por qué?

Bueno, la gente por lo general no ve el futuro con optimismo. Piensa que es una tragedia. Yo no lo veo así. Pienso que hay un futuro luminoso incluso por encima del coronavirus. Si tú tienes la seguridad de que nada puede empañar tu futuro, tu esperanza, entonces se abona el terreno para la recuperación rápida. En mi caso, del sábado que me sentía mal, pasé el domingo por medio y el lunes ya estaba libre de molestias físicas y psicológicas. Pero había que guardar la cuarentena de rigor, y así lo estoy haciendo.

••• ¿Y la familia?

Es difícil, claro, sobre todo cuando te tienes que aislar y no tener contacto con nadie. Eres un apestado. También ayuda la comprensión de la familia. Es cuando, con la ayuda de uno mismo, pronto se puede volver a leer, a ver tele, a trabajar.

 

“No es bueno echarse al dolor. Hay un futuro trascendente y luminoso. Hay que continuar más allá del cuerpo. ¿Para qué comerse la cabeza? Hay que superar todas las contradicciones posibles y recuperar la esperanza. Y se logra conectando con la experiencia de la enfermedad y asumiendo que siempre hay una solución”, argumenta Rafa, y llena el aire de optimismo. Y me da alas para preguntarle:

••• ¿Esta pandemia servirá para que la humanidad ponga la vista en otros valores?

La pandemia tiene su aspecto positivo: los Gobiernos han entrado en la onda de defender la vida, aunque a los Gobiernos no les importa en realidad la vida, pero es importante que hoy estén diciendo que lo importante es la vida. Con ello están generando una atmósfera de positivismo en la individualidad social. Dentro de algunos años, tengo la esperanza de que cuando entremos en crisis económicamente veamos a los Gobiernos que hoy defienden la vida defendiendo también la salud mental y la economía.

 

Y es una gran verdad. Hay dos respuestas a un positivo por coronavirus: el catastrofismo o el aprovechamiento de este impasse y convertirlo en un escalón para trascender como persona humana. Son las dos posibles respuestas, y Rafa es uno de los que han aprovechado la pandemia para razonar sobre el futuro personal y colectivo de la humanidad.


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