Hay algo inquietante en asistir a un foro donde se analiza el futuro de un barrio… con el barrio reducido, en la práctica, al papel de público. El I Foro “Sueña Carabanchel” reunió a universidades, arquitectos, urbanistas, empresas y agentes culturales y, según las crónicas, también a asociaciones vecinales. Sobre el papel, la foto es impecable: todos los actores parecen estar, cada uno en su sitio, perfectamente ordenados. Pero basta acercarse un poco para comprobar que no todos ocupaban el mismo plano.
Es probable que hubiera vecindad en la sala, escuchando, siguiendo las intervenciones, quizá participando en el turno final de preguntas —ese espacio donde todo puede decirse, siempre que no altere demasiado lo ya dicho—. Sin embargo, no formaron parte de las mesas redondas ni del núcleo del debate. No construyeron relato ni participaron en igualdad de condiciones. La participación existió, sí, aunque cuidadosamente contenida.
Y esa diferencia lo cambia todo. Porque no es lo mismo estar presente que participar. No es lo mismo escuchar que decidir de qué se habla. Cuando la ciudadanía queda fuera del diseño de la conversación, el resultado rara vez sorprende: un discurso sólido, coherente, bien articulado… y convenientemente libre de fricciones.
Se habló de transformación urbana, de espacio público, de cultura y de nuevas centralidades. Todo en orden. Todo dentro de los códigos habituales del urbanismo contemporáneo. Todo reconocible, incluso previsible. Pero sin la incomodidad que introduce la experiencia directa del barrio. Sin la voz de la población que usa ese espacio a diario, que detecta contradicciones, que cuestiona lo que para otros funciona… sobre el papel. La ciudad, así, se convierte en una idea brillante. Pero también en una versión editada de sí misma.
Carabanchel no es solo un laboratorio cultural o una narrativa emergente. Es también un territorio con tensiones, con usos superpuestos, con conflictos cotidianos que rara vez encuentran hueco en mesas donde el consenso es el idioma común. Es ahí donde la participación vecinal deja de ser un gesto y se convierte en una condición de proyecto.
Aquí, en cambio, funcionó mejor como elemento retórico. Se menciona, se reconoce, se incorpora al relato. Pero no se diseña. No se integra. No incomoda. Y, por tanto, no transforma —aunque sí contribuye a completar la escenografía—.
Y no hacía falta mucho para cambiarlo. Bastaba con incorporarla en las mesas, abrir espacios reales de intervención, introducir dinámicas donde la experiencia cotidiana no fuese un apéndice sino un punto de partida. Nada especialmente innovador. De hecho, bastante estándar. Pero, en este caso, innecesario.
El resultado es un foro que explica muy bien la ciudad… siempre que la ciudad no intervenga demasiado. Un espacio donde la conversación fluye, pero discurre dentro de límites cómodos. Donde la ciudadanía está, pero no pesa. Donde participa, en definitiva, en el formato menos arriesgado posible.
La pregunta no es si los vecinos estaban en la sala. La pregunta es si estaban en la conversación. La respuesta, en este caso, es bastante clara: Foro 1, Carabanchel 0.
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