Ochoa le gana el pulso a Valdemoro

Voleibol de barrio: visto como banal, desapercibido. Pero vibrante, con garra, se disputa en la Liga de Latina. Equipos como Las Espartanas, CVLeganés, Valdemoro o Francisco Fernández Ochoa comparten y rehúsan tensiones. Balones. En concreto, estos dos últimos, en un ajustado cara a cara, el pasado domingo 22 de marzo. En el ring de Aluche. Instalaciones deportivas. Con canchas varias.

Seis puntos en la pista. Seis direcciones. Seis agujas del reloj. Rotan. Cada número un lugar, cada lugar una función. Pares e impares son la mejor gala. Etiqueta para la ocasión, aunque no tengan que ver con la numérica posición. El solitario líbero se agazapa en la retaguardia, en búsqueda del balón. Con una singular distinción, siempre bajo otro color. Los protagonistas de los centrales tapan a los bajitos en las fotos. Las puntas y opuestas, cuales hermanas separadas, se dividen en izquierda y derecha. No se ven las caras, solo rematan. Por último, el colocador. El cerebro. Marca el tiempo. Engrana el reloj.

En número Valdemoro gana. Ochoa palidece. Tampoco hay balón. Un calentamiento desigual a pocos minutos de comenzar el partido. Los nervios florecen, en corro se comenta. La entrenadora tarda en aparecer por un imprevisto y optan por pedir préstamos a anónimos. Consiguen uno, dos y hasta seis balones. Calientan. A cinco minutos de comenzar. Aplausos distraídos y decididos arrancan a cada lado de la red. Sus nombres corean el viento. Y ahí empezó todo.

Previsiones erróneas, miedos erradicados. Como un cohete, Ochoa aterriza en la luna; sacaba de ventaja el mismo número que alberga su nombre. Sin ningún punto en contra. Todo viento en popa, el primer set guiña a las carabancheleras. La seis, uno y trece consiguen varios “más uno”. Hasta que un saque fallido rompe el viaje espacial. Aunque aún siguen distantes. La ventaja es clara. Valdemoro, con mantequilla en las manos. Resbaladizo. Escurridizo. Inaudible. La esfera cae al suelo, punto para Ochoa. Se produce una reunión. Los instructores llaman a los instruidos. Susurran instrucciones. Otra vez al set. La seis y tres de Ochoa barren el suelo evitando el roce a centímetros. Los pulgares impulsan hacia arriba. Las manos en gesto pedigüeño. O italiano. Compactas. Por fin el número limítrofe, el 25 llega en favor del delantero y el posterior aguarda con dos gemelos primogénitos.

Los respectivos nombres vuelven a rasgar el aire. Palmadas al unísono. Pies firmes. Y empieza el meridiano set, también a 25. La fugacidad astral posterior se convierte en un pulso lento por la gloria espacial. Valdemoro saca su nave y despega hasta igualarse. Inspiran. Espiran. Ochoa en jarras se tensiona sobre sus rodillas. Varias recepciones fallidas. Remates de la catorce, de la uno, de la veinte. El marcador, cual espejo y reflejo, marca dos patitos. El pulso empieza. Uno para Valdemoro. Se oye un “vamos ganando, va, va”. Punto del contrario, y desde el banquillo un “tranquilas chicas”. La esfera atormenta los dos lados. Meteorito para la silla del árbitro. La desnuda red resiste vapuleos. Pieles rojas. Brillantes. Acuosas. 25 a 25, se requieren dos puntos más para el desempate. Esto lo culmina el saque, desde el zaguero viaja lejos. Valdemoro gana por uno a Ochoa. Gestos abundan, cuchicheos, miradas sesgadas. Sacan brazo en señal de fuerza. Queda un set. Que como un cuchillo cortará lo denso que está por ver.

Cánticos confrontados, rivales sonoros. Ondas escalan a otras. Última oportunidad, esta vez al mejor de 15. La trece avanza en favor de Ochoa, después tira a la red. Seis vuela pero no intercepta. Punto para Valdemoro. La rabia se respira. Del banquillo llueven plegarias. El público, falto de palomitas, se erige motivado por el cortisol. Manos a la cabeza y punto para Ochoa. Con un bloqueo, a modo de tapón, el tres cierra la botella. Líquido contenido. El tiempo suspendido, eran las 13:45 y el partido empezó a las 12:45. Una hora exacta. Jugadas exactas. Las centrales se muerden los puños. Como tablero de ajedrez. Ya no hay torres. Solo hay peones. Cada paso es decisivo, con rostros rojos pensativos. Al siete del Ochoa se le escurre el balón. Mira a la entrenadora con gesto que clama un “perdón”. Se pisan los talones en una escalera hacia el éxito. De los peldaños ocho y ocho, al nueve y nueve, y diez y diez. Faltan cinco puntos. Cinco oportunidades. Cuatro para el jaque y cinco para el mate.

Abanicos por manos. A Valdemoro se le borra la sonrisa. Ochoa ve la luz. La última reunión. Consejos tardíos o acertados calan en las consciencias. Caras fatigadas, algunas consternadas y máxima concentración. Punto de la uno de Valdemoro. El Ochoa esprinta. Hace honor a su cuarto puesto en la liga frente al noveno de su contrincante. Y se corona con el decisivo impacto de la uno. Las sonrisas alumbran de blanco la sala. Ahora se respira con parsimonia.

Los valores del deporte vuelven a jugar en la pista. Aplausos mutuos. Paseíllo en fila de reconocimiento. Se dan las manos en señal de respeto, que está por encima de la contienda. “Ha estado bastante reñido y muy interesante”, sentencia el ojo espectador.


Partido de voleibol de los equipos Francisco Fernández Ochoa y Valdemoro. Foto: Candela Granero.


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