VILLA SAN MIGUEL, O LA DESTRUCCIÓN DE LA MEMORIA DE TERESA CABARRÚS

La tradición sitúa allí la antigua casona en la que nació y vivió sus primeros años la carabanchelera más universal

A espaldas de la centenaria parroquia de San Pedro, en lo que podríamos llamar el “casco histórico” de Carabanchel Alto, existía hasta no hace tanto un lugar cercado de tapias, vestigio de aquel Carabanchel que fue un municipio trufado de quintas y villas solariegas frecuentadas por la flor y nata de la burguesía ilustrada y liberal de los siglos XVIII y XIX, respectivamente. Ese lugar era conocido entre los vecinos de toda la vida como “Villa San Miguel”, y era un recinto cargado de historia, pero sobre todo de memoria.

No es casual que una de sus calles costaneras lleve el nombre de Teresa Cabarrús, y es que en dicho lugar la tradición —ese archivo anónimo, colectivo e inmaterial que no pocas veces complementa a la historiografía oficial— sitúa la antigua casona en la que nació y vivió sus primeros años la que fuera la carabanchelera más universal, aquella que llegó a cambiar el devenir de la Revolución Francesa, precipitando la caída, nada más y nada menos, del temible Robespierre en 1794.

De acuerdo a esa ininterrumpida tradición oral y a las propias palabras de Teresa (quien llegará a rememorar su infancia carabanchelera en el Chateau Saint Pierre, nombre llamativamente coincidente con la advocación de la parroquia de Carabanchel Alto, donde se conserva una copia de su partida de nacimiento), habría sido éste el solar donde se habría levantado aquella casona propiedad de su abuelo y en la que también habría existido una pequeña industria jabonera regentada por su padre, Francisco Cabarrús, en los años previos a su meteórico ascenso en la Villa y Corte, donde llegaría a desempeñar el cargo de ministro de finanzas de Carlos IV y José I.

De aquella primera casona poco o nada quedó con el paso del tiempo, hasta que a finales del siglo XIX el industrial Miguel Rovira Montenegro levantó un elegante palacete neomudéjar. Este palacete es el que aparece fotografiado en el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid, y es el que llegó en pie hasta nosotros.

El motivo por el que este edificio aparece fotografiado en el Plan General es que se trata de un edificio catalogado con el nivel máximo de protección, es decir, un “edificio singular”. Recordemos que este nivel de protección solo lo ostentan en nuestro distrito los palacios de Vista Alegre (antigua quinta real), la ermita de la Virgen de la Antigua (el edificio en pie más antiguo de Madrid) y el conocido como “Palacio de Godoy” (hoy Colegio Hermanos Amorós). Todos ellos catalogados con ese nivel de protección dado su indudable interés histórico y artístico.

Villa San Miguel era, por tanto, un hito patrimonial debido a su tipología edificatoria (en bastante buen estado, como se observa en las fotografías de los años noventa), pero también por los elementos decorativos y arquitectónicos de su interior (en esas fotografías observamos techos a modo de artesonados, tapices con escenas de caza, una escalera señorial…). Pero además de todo eso, Villa San Miguel era un lugar que concitaba los recuerdos y la memoria de todo un barrio.

La normativa obliga a la
reconstrucción y restitución volumétrica
del antiguo edificio

A la memoria ancestral de Teresa Cabarrús, que nos recuerda esa calle, hay que sumarle una memoria más contemporánea y no menos emotiva para los vecinos. En efecto, aquel palacete albergó la sede de una escuela apostólica que entre los años 1960 y 1980 fue lugar de estudio y formación para tantos niños y niñas con pocos recursos del barrio. De esta forma, aquella casona aristocrática reunió a varias generaciones en torno a sus muros, que nunca olvidarían el recuerdo de las docentes ni del lugar que marcaron sus años de infancia y primera juventud. Muchos vecinos aún las recuerdan: Pepita, Mercedes, Felipa, Costa y Conchita.

Sin embargo, tras el cierre de aquella humilde escuela Villa San Miguel se sumió en el silencio y el olvido. El inmueble fue abandonado a su suerte por la Administración (es un equipamiento municipal) y fue degradándose paulatinamente hasta convertirse en asentamiento chabolista, y finalmente en un amasijo de ladrillos y maderas, tras un incendio nocturno ocurrido hace poco más de una década que acabó por destruir lo que aún no había sido pasto del expolio.

Desde hace menos de un año, la actividad ha vuelto a “Villa San Miguel”, en este caso de la mano de las retroexcavadoras que han comenzado a urbanizar aquel solar municipal y centenario y que han abierto una nueva calle ante el arrasado palacete que aún mantiene el máximo nivel de protección patrimonial en el PGOUM. Precisamente debido a ese nivel de protección, la normativa urbanística obliga a la reconstrucción y restitución volumétrica del antiguo edificio. Desconocemos si finalmente esto se llevará a la práctica, si bien ninguna reconstrucción moderna podrá devolvernos en ningún caso el edificio original, impregnado en todos y cada uno de sus elementos por la pátina de la historia y la memoria. Una memoria que conectaba en el mismo espacio a la legendaria Teresa Cabarrús con aquellos niños y niñas de los años 1960 y 1980, que hoy son los vecinos y vecinas de Carabanchel.

► Foto del palacete de Miguel Rovira recogida en el catálogo de patrimonio.


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