VECINOS SALVAJES. HISTORIAS DE NATURALEZA. He visto un colibrí en Carabanchel

Cuando pensamos en naturaleza salvaje, nuestra imaginación suele viajar lejos: bosques frondosos, selvas en los trópicos o animales exóticos, grandes mamíferos o aves de mil colores, siempre en lugares remotos.

Sin embargo, a veces la aventura está mucho más cerca de lo que creemos. Solo hace falta cambiar la velocidad de la mirada, o tomarse el tiempo de afinar la vista en nuestros parques.

En Carabanchel existe un pequeño mundo salvaje que pasa desapercibido entre calles, parques y jardines. No ruge como un felino ni podemos verle hacer cabriolas en el aire, pero está lleno de historias, muchas de las cuales suceden en una especie de jungla en miniatura, incluso entre los parches entre edificios en los que sacamos a nuestras mascotas.

Uno de esos habitantes es la protagonista de esta imagen: la esfinge colibrí, cuyo nombre científico es Macroglossum stellatarum. Una mariposa (lepidóptero) que se puede ver durante la primavera en nuestras zonas ajardinadas.

Su aspecto es tan peculiar que muchas personas la confunden con un colibrí. Y no es de extrañar: bate sus alas a gran velocidad, permanece suspendida en el aire mientras se alimenta y se mueve de flor en flor con una precisión y una velocidad insuperables.

Un colibrí con seis patas

La esfinge colibrí pertenece al grupo de lo que comúnmente denominamos polillas, aunque su actividad diurna y sus colores hacen que a menudo rompa la imagen que tenemos de estos insectos. Su larga espiritrompa, esa especie de tubo enrollado que funciona como una pajita natural, le permite acceder al néctar de muchas flores sin necesidad de posarse.

En la fotografía aparece visitando una lavanda. Mientras parece simplemente disfrutar de una comida, está realizando una tarea esencial: transportar polen de una planta a otra y ayudar a mantener la reproducción de numerosas especies vegetales.

Es una escena pequeña, casi invisible para quien pasa deprisa, pero forma parte de un engranaje mucho mayor. De estos y otros artrópodos, como las arañas, depende gran parte de la polinización de muchos de los alimentos que consumimos.

La naturaleza no termina donde empieza el asfalto

La biodiversidad urbana está llena de pequeños protagonistas que comparten espacio con nosotros. Algunos llevan millones de años adaptándose al entorno, otros encuentran en la ciudad nuevos refugios y fuentes de alimento. Con nuestra propia evolución urbanística vamos fluctuando en la adaptabilidad de estos otros vecinos al entorno.

Devolver la vista al barrio desde esta perspectiva cambia la “fotografía”. El parque deja de ser solamente una zona de pas/e/o. Un árbol se convierte en el asidero perfecto para la cigarra que lleva más de una década esperando bajo tierra para emerger y acompañar nuestra canícula.

Una planta (sobre todo las aromáticas) se convierte en el más selecto bufé para insectos viajeros.

La conservación también empieza aquí, en lo cotidiano, en lo local. En responder a la chispa de la curiosidad, que siempre es el percutor de nuestras acciones, y el mayor enemigo del miedo.

Porque Carabanchel también tiene su lado salvaje. Solo hay que querer descubrirlo.


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