Durante semanas, las Administraciones madrileñas presentaron la acampada de la Puerta del Sol como un problema de incivismo. Orines, basura y deterioro del espacio público ocuparon comunicados y declaraciones oficiales, configurando el relato de una situación que exigía una actuación urgente.
Lo sorprendente comienza cuando desde Sol se camina hasta la calle Carretas y la plaza de Jacinto Benavente, donde vecinos y comerciantes conviven desde hace años con basura, malos olores, micciones en la vía pública, deterioro urbano y una persistente sensación de abandono institucional. La diferencia es que aquí no hay tiendas de campaña que fotografiar.
Pero reducir el problema a una cuestión de limpieza supone ignorar su verdadera dimensión. Lo que ocurre en el centro no es el resultado de un episodio puntual, sino la consecuencia de años de transformación urbana orientada a la concentración de actividad turística, la intensificación de los usos comerciales y la pérdida progresiva de población residente. La basura, los olores, las micciones o la degradación del espacio público son síntomas de un modelo urbano que consume intensamente el espacio público sin asumir plenamente los costes sociales y ambientales que genera.
La reciente remodelación del entorno de Jacinto Benavente constituye por sí misma el reconocimiento administrativo de una situación problemática en uno de los espacios más degradados y transitados. Incluso durante las obras seguían describiéndose situaciones de acumulación de residuos, actividades informales asociadas a objetos recogidos de la basura y una necesidad constante de intervención por parte de los servicios municipales.
Y aquí es donde la historia deja de ser una cuestión de limpieza para convertirse en una cuestión de relato. Las acusaciones, sin fundamentar, sobre salubridad e incivismo en Sol alcanzaron una enorme visibilidad pública, mientras que problemas similares, constatables y denunciados desde hace años por vecinos y comerciantes en Carretas o Jacinto Benavente apenas reciben una atención comparable.
La diferencia está en quién permite construir la narrativa de la basura. Las Administraciones demostraron una extraordinaria sensibilidad hacia la degradación urbana cuando ésta podía asociarse a un conflicto político visible. Sin embargo, esa sensibilidad parece desaparecer cuando el problema remite a causas estructurales que llevan años sin afrontarse de manera efectiva. Porque para quienes viven, trabajan o atraviesan cada día Carretas y Jacinto Benavente, los malos olores, la basura o el deterioro urbano no llegaron con ninguna acampada. Ya estaban allí antes. Siguen allí ahora. Y probablemente continuarán allí cuando las pancartas, los comunicados y la indignación oficial hayan desaparecido.
La ciudad, al fin y al cabo, lleva años aprendiendo una lección bastante simple: en Madrid no toda la suciedad tiene la misma importancia. Hay una suciedad que se denuncia porque ocupa una plaza y otra que se tolera porque es consecuencia directa del modelo económico que ocupa toda la ciudad.
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