HABLANDO DE URBANISMO. La ciudad que se habita

Hace unas semanas, una avería en la red de alcantarillado obligó a abrir una zanja en una calle del barrio. Durante días, las vecinas se detenían junto a las vallas para comentar el problema, calcular cuándo terminarían las obras y compartir opiniones sobre cualquier asunto imaginable. Personas que normalmente se limitaban a intercambiar un rápido saludo acabaron manteniendo conversaciones que hacía tiempo no tenían.

Lo curioso es que la noticia no era la avería. Lo interesante era comprobar que detrás de aquellas fachadas seguía existiendo una comunidad.

Tendemos a pensar que una ciudad está formada por edificios, calles y servicios. Sin embargo, su verdadera riqueza se encuentra en las relaciones que establecen quienes la habitan. Jane Jacobs ya señaló que las calles funcionan mejor cuando existen vecinos que las sienten como algo propio, aunque no sean sus propietarios legales. Los denominó los “propietarios naturales de la calle”.

Esa idea conecta con lo que hoy los investigadores llaman “apego al lugar”: el vínculo emocional que las personas desarrollan con los espacios donde viven. Diversos estudios muestran que cuando existe ese vínculo aumentan la participación comunitaria, la confianza social y el cuidado del entorno.

No se trata únicamente de propiedad. Se trata de pertenencia.

Durante décadas, muchos barrios se construyeron sobre la permanencia. Los vecinos se conocían, los comercios formaban parte de la vida cotidiana y las calles acumulaban recuerdos compartidos. Aquella estabilidad permitía que surgieran relaciones duraderas y una cierta identidad colectiva.

Hoy la situación es diferente. La movilidad residencial es mayor y la permanencia suele ser más corta. No importa tanto si la vivienda es alquilada o en propiedad. Lo relevante es que el arraigo necesita tiempo. Las investigaciones sobre cohesión social muestran que los vínculos comunitarios se fortalecen cuando existen oportunidades continuadas de interacción entre residentes.

A ello se suma otro fenómeno cada vez más visible: la transformación de viviendas en alojamientos de corta estancia. El visitante puede disfrutar de la ciudad, pero difícilmente construirá en unos días los vínculos que caracterizan a un vecino. Cuando disminuye la presencia de habitantes permanentes, también se debilitan parte de las relaciones que sostienen la vida comunitaria.

La calle es, en cierto modo, un bien común. Su calidad depende de la inversión pública, pero también de algo menos visible: la responsabilidad compartida. Elinor Ostrom demostró que los espacios y recursos comunes funcionan mejor cuando quienes los utilizan se sienten corresponsables de ellos.

Quizá por eso aquella avería resulta tan reveladora. No creó una comunidad. Simplemente la hizo visible durante unos días.

Las ciudades necesitan infraestructuras, viviendas y servicios. Pero también necesitan vecinas que permanezcan, se reconozcan y sientan que lo que ocurre a su alrededor las afecta de alguna manera.

Porque la diferencia entre una ciudad que simplemente se ocupa y una ciudad que realmente funciona no está solo en sus edificios. Está en el vínculo que une a quienes la habitan.

 Referencias bibliográficas 

— Jacobs, J. (1961). The Death and Life of Great American Cities.

— Ostrom, E. (1990). Governing the Commons.

— Fard, A. K. & Paydar, M. (2024). Place Attachment and Related Aspects in the Urban Setting.

Si quieres que comentemos sobre algún hecho urbanístico que te afecta, escribe a pupu2129@yahoo.es, a la atención de nuestra columna.


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