HABLANDO DE URBANISMO. Cambiar el poto por pimientos y tomates

El diseño sostenible apuesta por integrar vegetación en los edificios. Gran novedad.

Basta pasear por el Carabanchel de la 2ª mitad del s. XX para ver que estas ideas ya funcionaban hace décadas: plantas que daban sombra, refrescaban el ambiente y mejoraban la vida cotidiana sin discursos ecológicos ni conceptos sofisticados.

Al observar las tendencias actuales en sostenibilidad, resulta inevitable encontrar paralelismos con una imagen que recordamos: balcones con o sin jardineras, repletos de vida vegetal.

En el control del calor y la sombra, la coincidencia es clara. Hoy diseñamos sistemas para reducir la radiación solar y mejorar la envolvente térmica; entonces, las plantas que colgaban de las barandillas ya hacían ese trabajo de manera espontánea. Aquellas jardineras, usadas por gusto y regadas a mano, reducían el sol directo y creaban un pequeño oasis doméstico que hoy llamaríamos “microclima”.

También ocurre con la calidad del aire. Ahora hablamos de vegetación que filtra partículas y refresca el entorno, pero hace medio siglo las plantas en los balcones ya retenían polvo y aportaban oxígeno de forma natural. Sin planificarlo, se estaba aplicando en pequeño lo que hoy buscamos a gran escala bajo el nombre de “infraestructura verde urbana”.

Lo mismo sucede con el agua. Ahora se diseñan sistemas eficientes de riego y drenaje sostenible; entonces, parte del agua quedaba retenida en la tierra de las macetas y aportaba humedad al ambiente. La biodiversidad, tan mencionada hoy, también estaba presente: geranios, hiedras y aromáticas atraían aves y polinizadores que encontraban en esos balcones un punto de descanso.

La comparación arquitectónica es igual de reveladora. Hoy integramos vegetación en fachadas para aportar textura y suavizar el edificio, pero antes muchas promociones ya incluían jardineras en la propia barandilla, generando una estética viva que humanizaba el ladrillo visto. La diferencia no está en la idea, sino en la intención: antes se hacía porque mejoraba la relación entre vivienda y calle; hoy lo enmarcamos dentro de la sostenibilidad.

La novedad, por tanto, no es descubrir el valor de la vegetación, sino reconocer que estuvo siempre ahí, colonizando los balcones del barrio mucho antes de que hablásemos de eficiencia energética y diseño bioclimático.

Lo irónico es que, mientras la arquitectura sostenible vuelve a reivindicar estas ventajas, la realidad va en sentido contrario. Las “contaminaciones” y la pérdida de contacto vecinal producen que gran parte de las residentes en edificios de esa época no solo no usan las jardineras, sino que han terminado dándole la espalda al propio balcón, convertido en trastero o integrado al interior. A esto se suma que las nuevas promociones priorizan tanto el aprovechamiento que ya solo construyen miradores cerrados.

Una involución que refleja, quizá mejor que ninguna otra, cómo ha cambiado la forma de habitar la ciudad. Hemos pasado del balcón al invernadero… y quizás sea hora de cambiar el poto por pimientos y tomates.

Si quieres que comentemos sobre algún tema urbano que te afecta, escribe a pupu2129@yahoo.es, a la atención de nuestra columna.


  Votar:  
Resultado:4 puntos4 puntos4 puntos4 puntos4 puntos
  1 voto