Las aventuras de una okupa salvadoreña en Madrid

Las aventuras de una okupa salvadoreña en Madrid (III)

Clara se equivocaba, pero la experiencia le decía que cuando un hombre se acercara a ella, era porque quería abusar de ella. Esta idea fija la tenía marcada con fuego. De tal manera que cuando Aníbal abrió la tela que hacía de puerta del cambuche, Clara ni siquiera se alarmó. Mecánicamente, se lanzó hacia el exterior de la carpa, se las arregló para protegerse detrás de un bloque de leña y después pensó en avanzar silenciosa hacia los arbustos. No pudo.

Todo esto ocurría en milésimas de segundo. Aníbal, el comandante, dio la voz de alarma y todo el mundo se puso en disposición de combate. La alarma no solo se produjo en el campo militar donde Clara permanecía. Los rebeldes tenían un sistema rudimentario de comunicación que alertaba con una fina columna de humo de emergencias a los otros grupos cercanos.

A la comandancia general de la resistencia armada llegó la alerta a las siete de la mañana, y se dio la orden de emergencia nacional. Varios grupos de milicianos urbanos tomaron posición en las esquinas, azoteas, torres de iglesias y parques. Se creía una ofensiva general del Ejército oficial, ya que se había detectado movimiento de aviones de guerra y artillería pesada en los días anteriores. Y en realidad había tal pretensión por parte de la oficialidad gubernamental. Pero se había retrasado, precisamente, porque había cierto rumor de fallos tácticos del lado enemigo que, bien aprovechados, darían como consecuencia mejores resultados militares.

Clara permaneció por unos minutos detrás del bloque de leña. Se sintió apuntada por varios fusiles al mismo tiempo. Un combatiente se paró frente a ella y le piso las manos. Al reconocer a Clara, le tapó la boca para evitar un grito. Clara se sentía en brazos de la violencia sexual y luchó con todas sus garras para escapar, pero el hombre la calmó:

— Soy Sergio —le dijo—, y según dicen soy hermano tuyo. No te preocupes.

En verdad, era uno de los hijos ilegítimos de su padre, uno de los tantos que había procreado en sus andanzas de siempre. Entonces ella se calmó, sacó las manos doloridas debajo de las botas del combatiente y sin vacilar le preguntó por dónde escapar.

— No hay sitio por donde escapar —le respondió—. Lo que hay que hacer es aclarar qué es lo que está pasando aquí.

— Que un hombre entró a mi dormitorio para…

— No. No era eso. Es el comandante, que quería darte la bienvenida.

— ¿De esa forma?

— ¿De cuál forma?

No se pusieron de acuerdo. Al rebelde no le quedó otro remedio de sujetarla para que no saliera del escondite y una o mil balas la atravesaran en la mitad del descampado.

Ya las fuerzas enemigas habían detectado el grado de nerviosismo que cundía en las filas levantadas en armas, y estuvieron a punto de iniciar una vasta operación de tierra arrasada. No se llevó a cabo porque también la tropa oficial había sido afectada por espanto inusual.

Ya el comandante se acercó al sitio donde estaba Clara aprisionada en los brazos del hombre fuerte que había dicho ser su hermano. Solo entonces ella entendió la intención del mando militar y bajó la guardia por ese instante. El comandante no se creyó del todo los argumentos de la huida, y ordenó una vigilancia especial sobre Clara hasta que todo se aclarase y la guerra pudiera seguir su curso normal.

 

Arturo Prado Lima

Capítulos anteriores:
Las aventuras de una okupa salvadoreña en Madrid
Las aventuras de una okupa salvadoreña en Madrid (capítulo II)

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