Makers en el cole

Makers en el cole

“Es innegable que el actual estado de muchos centros educativos y los recortes obligan a buscar soluciones más accesibles, baratas e ingeniosas. Si éstas se consiguen, y liberan, todas ellas se podrán replicar en todas partes del globo.”
Juan Manuel Amuedo (@colepower)

Pero más allá de los recortes y el estado de los centros, el origen de la inquietud del educador maker hay que buscarlo en el impulso que mejor nos caracteriza a los humanos: la curiosidad… El espíritu maker en la escuela busca despertar en los niños la curiosidad, el anhelo de saber qué tienen dentro las cosas, cómo funcionan, de separar sus partes y de volver a juntarlas… En fin, de cacharrear. Ésta sería la mejor traducción del concepto maker: aquél que cacharrea. Un makerspace es un lugar para cacharrear, un lugar que contiene todos los ingredientes para dejar que la curiosidad se libere… En la base de esta filosofía educativa está la idea de que la educación orientada por la curiosidad es superior a la educación guiada por un currículo.
¿Quién puede transmitir ese gusto por el cacharreo si no es alguien que lo ha sentido desde muy pronto en sus propias carnes? El educador maker podría ser esa persona que fue niña y buscaba en las cajas de la casa de sus abuelos restos de cables, botones, bujías, trocitos de plástico y cartón… inmerso en su propio mundo de objetos mágicos sacados del cajón de las cosas abandonadas. Los niños son makers por naturaleza: unos más y otros menos, todos cacharrean en algún momento de su vida, algunos francamente pronto.
La idea es eternamente nueva. Muchos recordarán la famosa asignatura Pretecnología. ¿Puede haber algo más representativo del espíritu maker que aquellas maquetas, prototipos y circuitos electrónicos que se construían como parte del trabajo de esta asignatura? Ahora, los ordenadores, la microelectrónica, la robótica, la programación e Internet nos permiten ser makers y compartir nuestro ingenio. Los niños saben ya mucho de ordenadores y son hackers por naturaleza. En el substrato de la educación maker está la ética de los hackers, porque hackear es jugar, hackear es hacer, hackear es apropiarse... Los makerspaces son, entre otros, espacios que los hackers han ido creando para contextualizarse en el entorno.
¿Qué es un hacker y qué puede aportar la ética hacker a la educación en la escuela? Un hacker es una persona que tiene pasión por resolver problemas y se divierte con el ingenio. La ética hacker es aquella que alentó los primeros pasos en el desarrollo de las TIC y se basa en lo mejor del ser humano. Tiene tres pilares fundamentales: autonomía, creatividad y comunidad. Cualquier experiencia crítica en la red tiene siempre detrás estos tres principios básicos del hackerismo.
Valentín Muro, filósofo y firme defensor de la idea de llevar la ética hacker a la escuela, nos dice que “podemos incorporar los valores de la ética hacker al sistema educativo. Esto implica darle prioridad a que las personas sean creativas y autónomas en la expresión libre de su curiosidad y que cuenten con espacios donde puedan experimentar, probar y cometer errores”.
Siguiendo el tercer principio de la ética hacker, el de comunidad, que se encuentra en el origen de la Red de Redes e Internet, las herramientas para programar no deberían pertenecer a grupos de interés, y las redes para compartir y liberar las soluciones baratas e inteligentes, que sean replicadas en todo el planeta, tampoco deberían ser controladas por intereses espurios.
En los centros educativos, los niños pueden aprender a programar construyendo objetos programables, es decir, jugando con robótica. La robótica nos permite ver con suma claridad el modo en que los programas pueden actuar físicamente sobre nuestro mundo. Algunos autores hablan de competencia algorítmica, y aunque no seamos fanáticos de la programación, lo cierto es que los algoritmos nos permiten dominar las máquinas; y dominar las máquinas es importante en nuestra cultura tecnológica.
Gracias a los códigos de programación abiertos, en los centros educativos públicos, con pocos recursos materiales pero potencial humano a tutiplén, surge la oportunidad de crear soluciones y objetos programables nuevos y originales a partir de cosas aparentemente inservibles y de lo que comúnmente se conoce como “basura”. Sin querer arrogarse más derechos que nadie sobre el software libre y las redes, en los centros educativos públicos tener un makerspace puede ser una cuestión de supervivencia, mientras que en otro tipo de centros puede convertirse en un lujo o una extravagancia… En este sentido, comparar ambos usos es similar a comparar la “cultura del hacer” en los países del norte de Europa con la de Latinoamérica, donde tener espíritu maker es una auténtica necesidad.

Silvia Aguirre

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